Cómo vivir la Fiesta de la Misericordia 2020 - 800Noticias
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Este año viviremos la Fiesta de la Divina Misericordia de manera diferente, debido a la pandemia y a la incapacidad de recibir la confesión sacramental y de participar en la Eucaristía. Esto plantea muchas preguntas: ¿cómo vivir fructíferamente este Domingo de la Misericordia? ¿Recibiremos las gracias prometidas por Jesús en esta Fiesta?

Las circunstancias externas de la celebración de esta Fiesta han cambiado, pero las condiciones para obtener las gracias asociadas a esta Fiesta no han cambiado, y eso es lo más importantes. No sabemos y no tenemos la certeza de que al recibir la Comunión espiritualmente recibiremos la gracia del perdón total de nuestras penas y culpas (al fin y al cabo, nunca tenemos esa certeza). Pero estamos seguros de que Dios quiere dar su misericordia y conoce perfectamente las limitaciones con las que vivimos. Su alegría es dar mucho, muchísimo – tal y como aseguró a Santa Faustina. La barrera que limita la generosidad en dar la misericordia de Dios está en el lado humano, y esta es la falta del recipiente de la confianza. Este es el único recipiente, como dijo Jesús, para extraer las gracias.

Entonces, ¿qué tenemos que hacer este año en la Fiesta de la Misericordia? Lo que siempre hacemos, es decir, luchar por tener la actitud de confianza en Dios, aceptar y hacer la voluntad de Dios en las circunstancias en que vivimos, en las limitaciones que experimentamos, en los desafíos que tenemos que enfrentar cada día. No se trata solo de la actitud de confianza en Dios, que se expresa en el cumplimiento de Su voluntad, sino también de la actitud de misericordia hacia nuestros semejantes, y ahora también tenemos muchas oportunidades, especialmente para brindar misericordia a los seres queridos, en el servicio profesional y social, en todos los campos de la existencia humana Si no hay posibilidad de confesión (y actualmente por lo general no hay), se debe despertar el arrepentimiento perfecto por los pecados y recibir a Jesús en la Comunión espiritual. Y dejar el resto a Dios. Él, como el mejor Padre, sabe lo que necesitamos y nos lo dará, si por nuestra parte tenemos la disposición de apertura a Su voluntad y a las gracias que Él es el primero que desea darnos.

Celebración de la Palabra
La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Nos sentamos.  La persona que guía la celebración toma la palabra:

Hermanos y hermanas:
el domingo, primer día de la semana,
es para los cristianos el día del Señor,
el día instituido para celebrar su Resurrección.

Por este motivo, particularmente este segundo domingo de Pascua,
¡cuánto quisiéramos poder salir de nuestras casas
y acudir a nuestra querida iglesia parroquial
para volver a reunirnos con la asamblea de nuestros hermanos y hermanas
y a recibir el Cuerpo de Cristo,
alimentándonos con su presencia real!

Hermanos y hermanas:
nuestro corazón está ardiendo por participar
en la misa dominical para que, fortalecidos por el sacramento,
podamos convertirnos para los demás en lo que hemos recibido:
el Cuerpo de Cristo que ama a los suyos que están en el mundo
y les ama hasta el fin.

Por desgraica, en este Domingo de la Misericordia,
compartimos la inquietud por el presente,
el miedo por el futuro,
el sufrimento, y en algunos casos la enfermedad y la muerte.

¿Cómo es posible que, en el momento en el que
más necesitamos la Gracia de la misa dominical,
tengamos que quedarnos confinados en casa?

Hermanos y hermanas, no estemos tristes:
¡Jesús ha resucitado verdaderamente!
¿Estamos encerrados en casa?
Jesús resucitado se va a hacer presente entre nosotros,
pues así lo ha prometido
cuando nos reunimos para rezar en su Nombre.

Cuando leemos su Palabra en Iglesia,
el mismo Verbo de Dios se hace presente entre nosotros.
No lo dudemos: Él nos va a dirigir su Palabra.

Pausa.

En este Domingo de la Divina Misericordia,
hoy más que nunca,
Señor Jesús, tú nos permites celebrar tu Resurrección
amándonos los unos a los otros,
como Tú nos has amado.

Después de tres minutos de silencio,
todos hacen la señal de la cruz, diciendo: 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

El guía de la celebración sigue diciendo: 

Para prepararnos a acoger la Palabra de Dios
y de este modo se convierta en motivo de purificación para todos nosotros,
reconozcamos con humildad nuestros pecados.

Sigue el rito penitencial:

Señor, ten misericordia de nosotros.
Porque hemos pecado contra ti.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Y danos tu salvación.

Que Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados,
y nos lleve a la vida eterna.
Amén.

Se pronuncia o canta:

Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Recitamos el Gloria.

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria
te alabamos,
te bendecimos,
te adoramos,
te glorificamos,
te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.
Señor, Hijo único, Jesucristo,
Señor Dios, Cordero de Dios,
Hijo del Padre;
tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros,
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo tú eres Santo,
sólo tú Señor,
sólo tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo
en la gloria de Dios Padre. 

Amén.

Gloria in excelsis Deo,
et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te,
Benedicimus te,
Adoramus te,
Glorificamus te,
Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens.
Domine fili unigenite, Jesu Christe,
Domine Deus, Agnus Dei, Filius patris,
Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
Qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram.
Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis.
Quoniam tu solus sanctus,
Tu solus Dominus,
Tu solus Altissimus, Jesu Christe,
Cum Sancto Spiritu in gloria Dei Patris. Amen.

ORACIÓN
El guía de la celebración recita la siguiente oración:
Dios de eterna misericordia,
que reanimas la fe de este pueblo a ti consagrado
con la celebración anual de las fiestas pascuales,
aumenta en nosotros los dones de tu gracia,
para que todos comprendamos mejor la excelencia del bautismo
que nos ha purificado,
la grandeza del Espíritu que nos ha regenerado
y el precio de la Sangre que nos ha redimido.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios por los siglos de los siglos.
R/. Amén

Nos sentamos. El lector asignado lee la primera lectura.

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47)

En los primeros días de la Iglesia, todos los hermanos acudían asiduamente a escuchar la enseñanza de los apóstoles, vivían en la comunión fraternal y se congregaban para orar en común y celebrar la fracción del pan. Toda la gente estaba llena de asombro y de temor, al ver los milagros y prodigios que los apóstoles hacían en Jerusalén.

Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno. Diariamente se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos, con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y toda la gente los estimaba. Y el Señor aumentaba cada día el número de los que habían de salvarse.

Palabra de Dios.
R/. Te alabamos, Señor.

El mismo lector u otro asignado lee el Salmo 17.

SALMO RESPONSORIAL

La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Diga la casa de Israel: “Su misericordia es eterna”.
Diga la casa de Aarón: “Su misericordia es eterna”.
Digan los que temen al Señor: “Su misericordia es eterna”.

R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

Querían a empujones derribarme,
pero Dios me ayudó.
El Señor es mi fuerza y mi alegría,
en el Señor está mi salvación.

R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

La piedra que desecharon los constructores,
es ahora la piedra angular.
Esto es obra de la mano del Señor,
es un milagro patente.
Este es el día de triunfo del Señor:
día de júbilo y de gozo.

R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.

El lector encargado de la segunda lectura se levanta para leer,
mientras el resto de la asamblea permanece sentado.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (1, 3-9)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia, porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió renacer a la esperanza de una vida nueva, que no puede corromperse ni mancharse y que él nos tiene reservada como herencia en el cielo. Porque ustedes tienen fe en Dios, él los protege con su poder, para que alcancen la salvación que les tiene preparada y que él revelará al final de los tiempos.

Por esta razón, alégrense, aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de todas clases, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo. Porque la fe de ustedes es más preciosa que el oro, y el oro se acrisola por el fuego.

A Cristo Jesús no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe.

Palabra de Dios.
R/. Te alabamos, Señor.

Secuencia de Pascua 

Si así se desea, puede recitarse la Secuencia de Pascua.
Todos se ponen de pie.

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta.

“¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?”

“A mi Señor glorioso, la tumba abandonada,
los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua”.

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate de la miseria humana
y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Evangelio

Para aclamar el Evangelio, cantamos el Aleluya triunfal.
Todos se ponen de pie.
R/. Aleluya, aleluyaaleluya.
Tomás, tú crees porque me has visto;
dichosos los que creen sin haberme visto, dice el Señor.
R/. Aleluya, aleluya, aleluya.
El lector establecido lee el Evangelio,
mientras los presentes permanecen de pie.
Lectura del santo evangelio según san Juan (20, 19-31)

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Todos aclaman:

R/. Aleluya, aleluya, aleluya.

Todos se sientan. El guía repite lentamente,
como si se tratara de un eco lejano:

“La misericordia del Señor es eterna”.

Nos levantamos para profesar el Credo.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la santa Iglesia católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.

Oración Universal 

Si los presentes han preparado la Oración de los fieles, pueden pasar a presentarlas.
Si no se han preparado, pueden elevarse estas oraciones que aquí presentamos. El guía de la celebración dice:

Con su resurrección, Cristo ha vencido la muerte y el pecado.
Pidámosle que tenga piedad del mundo y lo bendiga. Digamos:

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por la Iglesia: para que los cristianos seamos asiduos
en la escucha de la Palabra de Dios y demos testimonio
de Jesucristo resucitado. Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por los pastores del pueblo de Dios:
para que la fuerza de Cristo resucitado los proteja y anime,
y dé fecundidad a su ministerio pastoral. Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por la paz en el mundo y en los corazones:
para que la victoria de Cristo sobre la muerte
la haga renacer y la afiance allí donde esté en peligro. Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por los que vacilan en su fe,
por los que se resisten a creer, por los que rechazan a Dios:
para que descubran la presencia de Cristo en sus vidas. Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por todos nuestros difuntos:
para que gocen eternamente de la vida que Cristo nos mereció.
Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Por nosotros y por todos los cristianos:
para que sepamos reconocer a Cristo
en los hermanos y en los acontecimientos. Oremos al Señor.

R/. Tú, que eres la vida, escúchanos.

Dios Padre misericordioso, abre los ojos de nuestra fe
para que acojamos con alegría la salvación que nos trajo tu Hijo, Jesucristo.
Danos tu sabiduría y tu luz para reconocerlo en cada acontecimiento,
y, por tu misericordia, haznos partícipes de su triunfo pascual.
Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.

Permanecemos cinco minutos en silencio de meditación personal.

Padre Nuestro

El que guía la celebración introduce el Padre Nuestro.

Fieles a la recomendación del Salvador,
y siguiendo su divina enseñanza,
nos atrevemos a decir:

Se reza o canta el Padre Nuestro:

Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

E inmediatamente todos proclaman:

Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

El guía sigue diciendo:

Acabamos de unir nuestra voz
a la del Señor Jesús para orar al Padre.
Somos hijos en el Hijo.
En la caridad que nos une los unos a los otros,
renovados por la Palabra de Dios,
podemos intercambiar un gesto de paz,
signo de la comunión
que recibimos del Señor.

Todos intercambian un gesto de paz. Si fuera necesario, siguiendo las indicaciones de las autoridades, este gesto puede hacerse inclinando profundamente la cabeza hacia el otro o, en familia, enviando un beso a distancia con dos dedos en los labios.
Nos sentamos.

Comunión Espiritual

El guía dice:

Dado que no podemos recibir la comunión sacramental,
el Papa Francisco nos invita apremiantemente a realizar la comunión espiritual,
llamada también “comunión de deseo”.

El Concilio de Trento nos recuerda que
“se trata de un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial,
unido a una fe viva que obra por la caridad,
y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento”.

El valor de nuestra comunión espiritual
depende, por tanto, de nuestra fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía,
como fuente de vida, de amor y de unidad,
así como de nuestro deseo de comulgar, a pesar de las circunstancias.

Podemos ahora  inclinar la cabeza,
cerrar los ojos y recoger nuestro espíritu.

Pausa en silencio

En lo más profundo de nuestro corazón,
dejemos crecer el ardiente deseo de unirnos a Jesús,
en la comunión sacramental,
y de hacer que su amor se haga vivo en nuestras vidas,
amando a nuestros hermanos y hermanas como Él nos ha amado.

Permanecemos cinco minutos en silencio en un diálogo de corazón a corazón con Jesucristo.
Podemos elevar un cántico de acción de gracias.
Nos ponemos de pie, y todos juntos pronunciamos esta oración: 

Escúchanos, Dios todopoderoso,
y, para merecer la felicidad eterna,
prepara los corazones de tu familia
a la que otorgaste la gracia incomparable del bautismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración de Bendición 

Todos juntos mirando hacia la cruz,
piden la bendición del Señor:
La persona que guía la celebración, con las manos juntas, 
pronuncia en nombre de todos la fórmula de la bendición:

Dios Padre, que por la resurrección de su Unigénito
nos ha redimido y nos ha dado la gracia de la adopción filial
nos colme con el gozo de su bendición.
R/. Amén.

Cristo, que por su redención nos obtuvo la perfecta libertad,
nos conceda participar de la herencia eterna.
R/. Amén.

Y que, resucitados con él en el bautismo por la fe,
por medio de una vida santa
podamos llegar a la patria celestial.
R/. Amén.

Y todos juntos, con las manos unidas, dicen:

Y la gracia de Dios descienda sobre nosotros
y permanezca para siempre. Amén.

Todos hacen la señal de la cruz.
Los padres pueden hacer la señal de la cruz en la frente de sus hijos.
Es posible concluir la celebración elevando un cántico a la Virgen María.

Regina caeli, laetare, alleluia,
quia quem meruisti portare, alleluia,
resurrexit sicut dixit, alleluia;
ora pro nobis Deum, alleluia.

Reina del cielo, alégrate, aleluya.
Porque aquel a quien mereciste llevar, aleluya,
resucitó según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por nosotros, aleluya.