Stalin y Hitler: paranoia, admiración y engaño entre dictadores | 800Noticias
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A pesar de la acumulación de tres millones de soldados alemanes en la frontera en junio de 1941, el líder de la Unión Soviética no quiso creer que el führer estaba a punto de atacarlo. Según el historiador estadounidense Stephen Kotkin, tenía buenas razones: Alemania y Rusia tenían convenios de cooperación, habían firmado un jugoso pacto de no agresión y nadie parecía estar dispuesto a iniciar una guerra

Mucho antes de las apocalípticas batallas de tanques en las planicies rusas y de la bandera soviética flameando en el Reichstag de Berlín; del hambre de los habitantes de Leningrado (hoy San Petersburgo) durante el largo asedio y la masacre indiscriminada de civiles; de los combates navales en el frío Mar Báltico y la destrucción de Sebastopol en el sur; mucho antes de todo eso que significó, en parte, el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial los dictadores de Alemania, Adolf Hitler, y la Unión Soviética, Josef Stalin, mantuvieron una relación de respeto mutuo y cooperación matizada por la desconfianza.

Después de todo, los militares alemanes que darían forma a la Wehrmacht, limitados por las disposiciones del Tratado de Versalles, habían marchado a Rusia para entrenarse y capacitarse mutuamente durante gran parte de la década de 1920 y 1930, en el marco de un amplio acuerdo de cooperación.

Y en 1939 los cancilleres Joachim von Ribbentrop y Viacheslav Molotov firmaron un pacto de no agresión que sería instrumental para permitir a Hitler lanzarse a la conquista de Europa Occidental sin temor a una guerra en dos frentes.

Un pacto mutuamente beneficioso

El acuerdo había sido muy beneficioso para ambas partes. Alemania se había asegurado la retaguardia, evitando, por un tiempo, una desastrosa guerra en dos frentes como la sufrida en la Primera Guerra Mundial. Había expandido su influencia en el Báltico y recuperado (y ampliado) territorios perdidos a Polonia por el Tratado de Versalles. También, había logrado mayor acceso a las materias primas soviéticas (en especial cereales y petróleo), que necesitaba para su esfuerzo bélico.

A cambio, la Unión Soviética evitó un conflicto con Alemania para el que no estaba preparada y expandió también su influencia en el Báltico anexando Lituania, Estonia, Letonia y parte de Polonia. Además, logró acceso a la avanzada maquinaria industrial alemana que le ayudaría en su proceso de industrialización, y se recuperó su status como potencia mundial tras el aislamiento posterior a su guerra civil.

Ni siquiera la reciente Guerra Civil Española, entre 1936 y 1938, que llevó a Hitler y Stalin a escoger bandos opuestos para apoyar política y materialmente y provocó fuertes tensiones entre las potencias, impidió la firma del pacto en 1939.

Hitler (nacido en Austria en 1889) y Stalin (nacido en Georgia en 1878), profundos enemigos ideológicos, tenían también mucho en común. Ambos venían de familias pobres, habían sufrido la Primera Guerra Mundial y habían avanzado posiciones por sus habilidades en la política.

Artistas frustrados, políticos natos

Ambos habían intentado iniciar carreras artísticas en su juventud: en el caso de Hitler se trató de la pintura, un pasión cargada de frustración luego de que le fuera negado el acceso a la Academia de Viena; mientras que Stalin tuvo cierto éxito como poeta bucólico y nacionalista, detalle que tiempo después intentó borrar de su historia oficial.

Y ambos, finalmente, se convirtieron en dictadores totalitarios al frente de las dos potencias continentales más grandes de Europa, afirmando su poder sobre la violencia y la represión, persiguiendo y aniquilando a todos sus rivales internos sin compasión.

Pero estos puntos en común y la cooperación que encararon entre ambos estados, llegaron a su fin cuando Hitler finalmente rompió el pacto y dio la orden de invasión de la Unión Soviética el 22 de junio de 1941. La gigantesca agresión estaba basada en siglos de competencia entre alemanes y rusos por el control de Europa continental, pero también en el proyecto nazi de expandir las fronteras y colonizar nuevos territorios en las ricas zonas cereales ucranianas.

Pero sin embargo la Operación Barbarroja (Unternehmen Barbarossa), un masivo asalto que sorprendió a Stalin a tal punto que el dictador georgiano no quiso creer en sus propios reportes de inteligencia y sólo lo aceptó cuando los tanques alemanes ya estaban rodando por Ucrania y Rusia.

El peligroso atractivo del apaciguamiento

Después de todo, Stalin no podía concebir que Hitler quisiera una guerra que todos pronosticaban devastadora, especialmente debido a la superioridad soviética en soldados, tanques y aviones, ni que estuviera dispuesto a romper un pacto que había demostrado ser enormemente beneficioso para ambos, como rescata el historiador estadounidense Stephen Kotkin en un reciente artículo para la revista Foreign Affairs extraído de su libro “Stalin: esperando a Hitler 1929-1941”.

Además, Stalin era un conocido germanófilo que admiraba el poder industrial y cultural de Alemania y la estructura totalitaria con la que el futuro genocida germano había levantado al país tras la derrota de la Primera Guerra Mundial, aunque fuera con una base fascista.

El error de cálculo ya había sido compartido por los aliados occidentales en 1938 durante los Acuerdos de Múnich, cuando el primer ministro británico Neville Chamberlain y su par francés Édouard Daladier cedieron ante las demandas de Hitler sobre Checoslovaquia, convencidos de que todas las partes buscaban evitar una guerra que finalmente les llegaría con furia en mayo de 1940.

“A diferencia de lo que hicieron los británicos con Hitler, Stalin trató de aplicar tanto la disuasión como la concesión ante las demandas. Pero la política de Stalin se parecía a la británica en que estaba dirigida por su enceguecedor deseo de evitar la guerra a cualquier costo”, indica el profesor en la Universidad de Princeton.

“Ni su atemorizante determinación ni su astucia suprema, que le habían permitido eliminar a sus rivales y aplastar espiritualmente a su círculo cercano, se pusieron en evidencia en 1941″, consideró.

Y como en el 38′, Stalin parecía envuelto en una lógica cerrada y errónea sin poder comprender lo que estaba frente a sus ojos. Veía en las movilizaciones alemanas en la frontera (¡tres millones de soldados!) no los preparativos para la invasión sino los intentos de Hitler de exigir mayores concesiones dentro del pacto Ribbentrop-Molotov usando la amenaza del uso de la fuerza. Una forma de chantaje que el líder soviético podía entender e incluso considerar.

La trampa lista

“Este tipo de razonamiento se había convertido en una trampa para Stalin, permitiéndose llegar a la conclusión que la acumulación colosal de fuerzas alemanas a sus puertas no era una señal de ataque inminente sino un intento de Hitler de chantajearlo para que entregara más territorio y condiciones sin pelear”, explica Kotkin.

Ni siquiera el testimonio de un desertor alemán, Alfred Liskow, alertando sobre el ataque pareció convencerlo (podía haber sido enviado por el Abwehr, servicio de inteligencia alemán, pensó Stalin) ni tampoco los reportes de sus servicios de inteligencia, por momentos conflictivos.

“Ciertamente, una brillante campaña de desinformación del régimen nazi había alimentado a la red de espías soviéticos con reportes incesantes sobre la demandas alemanas que llegarían con la concentración de fuerzas en el este. Entonces, incluso la mejor inteligencia a disposición de Stalin señalaba tanto que la guerra se aproximaba como que lo que llegaría es el intento de chantaje”, señala Kotkin.

La tristemente célebre paranoia de Stalin, quien, como Hitler, nunca dudó en hacer desaparecer a sus rivales políticos y a potenciales traidores, estaba también contribuyendo al bloqueo.

El resultado de estos confusos días de junio fue que Stalin evitó dar la orden de movilización de sus fuerzas en la frontera e incluso impidió que estas adoptaran posiciones defensivas, a pesar de los pedidos desesperados de sus generales. La lógica, otra vez cerrada, era que estas extensas maniobras de millones de soldados podrían ser vistas como una provocación y desencadenar la guerra que el dictador comunista quería evitar, al menos en ese año.

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