Cómo la crisis sanitaria venezolana afecta el trato a pacientes y amenaza la ética médica - 800Noticias
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Sorioska esperaba ansiosa a su primer bebé. Aunque le daba temor dar a luz en un hospital, era la opción más viable económicamente luego de que su esposo sufriera un accidente vial. Su miedo se transformó en una pesadilla y luego de traer al mundo a su hijo, Sorioska perdió la vida en el Hospital Clínico Universitario de Caracas por desangramiento.

El pequeño estuvo varios días internado en el centro médico por complicaciones respiratorias y ello impedía que sus familiares alzaran la voz luego de haber conocido todas las irregularidades que envolvían el caso de Sorioska.

Su muerte, de acuerdo a la denuncia que ahora hace su hermana Naybeth, obedece a negligencia médica que aún no es admitida por las autoridades y el personal médico del HUC. A Sorioska Mena, de 27 años de edad, se le haría una cesárea que nunca se cumplió.

“La hicieron parir. Incluso cuando ella suplicaba que le hicieran la cesárea. Sus gritos eran desesperados y fueron ignorados. Hubo negligencia desde el primer momento”, cuenta.

Los familiares indican que a Sorioska ni siquiera se le realizó un eco para conocer el peso del bebé. En el proceso de parto, la joven quedó desgarrada y fue imposible aplicarle sutura.

“El parto fue de mucho dolor y sufrimiento, la vida de su hijo también estuvo en peligro porque al momento de nacer hubo complicaciones. El niño quedó atascado, venía con un peso que sobrepasaba el nivel de capacidad para su pelvis. Nació con poca respiración y dificultades, su oxígeno fue manualmente porque no disponían de una bombona la cual se logra obtener al rato”, detalla un texto que difundieron en las redes sociales los parientes de Sorioska.

En medio del estado delicado en el que se encontraba la mujer, los especialistas deciden trasladarla al área de recuperación. Estando allí, Sorioska pide auxilio. El personal médico nota el desangrado y es ingresada a quirófano donde se procede a realizarle una histerectomía y luego de esto es que notifican la muerte.

“El doctor junto con las enfermeras no la asistieron como se debía, no la revisaron, la dejaron morir, pudo haberse salvado y estar junto a su hijo que hoy no tiene el calor de su madre, debido a negligencia médica, pedimos justicia para su familia y su hijo”, exclama Naybeth.

En la Maternidad Concepción Palacios, la hermana de Fabiana*, a punto de parir a su segunda hija, logró evitar una tragedia similar. Tras tres días de espera en sala de parto y varias llamadas a médicos conocidos para ejercer presión en el personal de la Maternidad, la paciente pudo recibir la atención que esperaba.

Con 42 semanas de gestación, a Fabiana le habían indicado un jueves que sí le aplicarían la cesárea ese mismo día por contar con el personal y el instrumental requerido. Pasó la noche y al día siguiente le dijeron que su caso no era una emergencia, que podía esperar.

“Iban pasando a muchas otras mujeres antes que tenían amigos o conexiones. A mi hermana la querían referir a la Maternidad Santa Ana porque empezaron con varias historias de que faltaba el kit de cesárea o el anestesiólogo. Yo me ofrecí en llevar el kit y aún así no quisieron. Después les dije que si la sacaban de allí, los denunciaría. Me moví y llamé a varios médicos hasta que la atendieron. Yo, porque pude, pero ¿y los demás? ”, se pregunta Maritza, hermana de la paciente.

Una fuente del Ministerio de Salud asegura que aunque no existe abundancia actualmente en la distribución de medicamentos e insumos para los hospitales, a la Maternidad Concepción Palacios específicamente “no le falta material”.

Entre septiembre y noviembre de 2019, se contabiliza en los archivos del ente público una entrega de 1.600 batas para pacientes, 64 kit de cesárea, 112.800 jeringas, 686 kit de laparotomía en varios niveles y más de 20.000 soluciones de antibióticos, como Ciprofloxacina o Clindamicina.

“Si bien no es suficiente, sabemos que se está cumpliendo con esta entrega. Otro problema que existe de raíz es que no se cuenta con ninguna supervisión por parte de las autoridades sobre el uso adecuado de este material o las fallas que puedan existir”, agrega.

Las convulsiones de Luis*, de 25 años de edad, nunca habían sido tan delicadas como la que sufrió hace un par de meses. Su novio decidió trasladarlo hasta el Hospital Domingo Luciani, donde le manifestaron que era necesaria una tomografía. El equipo para practicarla en el centro hospitalario no estaba en funcionamiento y recomendaron finalmente movilizar al paciente en una ambulancia hasta una institución privada para obtener la imagen del estado de su cerebro.

Les fue facilitado en el centro hospitalario tanto el contacto de la ambulancia como el del médico privado. La pareja de Luis hizo todo lo posible para reunir el dinero y pagar por el examen. Al día siguiente, al acudir nuevamente al Domingo Luciani -donde permaneció internado Luis- y esperar por la revisión de los resultados, se percató que el instrumento para la tomografía sí funcionaba y que los involucrados en el traslado del joven al centro privado estaban relacionados entre sí.

“Me vieron angustiado y sabían que en medio de la desesperación yo terminaría haciendo lo que me dijeran. Pagando la ambulancia, moviéndome a dónde sea, porque ya la convulsión era grave”, sentencia el novio de Luis.

Las voces de los profesionales

En medio del déficit que inunda la salud pública en Venezuela, afectada severamente por la falta de insumos y la migración del personal por los bajos salarios, se abre el debate sobre la posible pérdida de sensibilidad y ética en un grupo de profesionales.

“No estamos dando calidad, estamos ya tratando de dar cantidad y ni siquiera es posible”, dijo una de las enfermeras que protestaba frente al Hospital de Niños J.M. de los Ríos el martes 19 de noviembre durante una convocatoria del sector salud por las fallas en el sistema.

Muchos dejan sus vidas en los pasillos de los principales hospitales del país. Van sin siquiera desayunar, con los zapatos rotos y los uniformes a medio lavar. Algunos reconocen que la crisis nacional los ha afectado física y emocionalmente y que eso al final desemboca en su desempeño laboral.

“Somos seres humanos que vivimos los mismos problemas que el resto de los venezolanos. Mientras estamos atendiendo 250 pacientes en una emergencia en un día, estamos pensando cómo hacer el mercado de la semana o preguntándonos qué será de nosotros en unos años. Nosotros también nos deprimimos ante la crisis”, resalta un médico general del Hospital Clínico Universitario, que prefiere reservar su identidad por medidas de seguridad.

El profesional de salud considera también que no se está brindando la debida atención por el colapso de los hospitales y ambulatorios por falta de recursos humanos, la falta de insumos que les ata de manos y los pésimos salarios.

“No lo justifico, sé que los sueldos no son los adecuados y que nosotros debemos atender de la mejor manera y brindar un servicio de calidad. El día que yo comience a bajar mi calidad dejaré de trabajar por ese sueldo”, apunta.

Para la doctora Luisángela Correa, cirujana de la Maternidad Concepción Palacios, el hecho de trabajar en las condiciones en la que los médicos venezolanos cumplen con sus labores en la actualidad, ya representa la “antiética”.

“¿Qué sería ético: renunciar todos?, ¿seguir a pesar de un sistema que no provee los recursos necesarios es ético?, ¿quién juzga a un sistema autoritario, corrupto e indolente?”, se pregunta Correa.

La especialista admite que el hambre y la falta de recursos de los profesionales, sumado a medios hostiles de trabajo, mellan en el desempeño, sin embargo cree que atacar a un trabajador subpagado es un “error” y que solo beneficia al “Estado controlador”.

“El profesional preparado aún da la lucha, las improvisaciones son parte del método de control del Estado. ¿Quién juzga a un sistema que ante la diáspora mayor del 60% de los profesionales gradúa a médicos con capacidades limitadas por su poca formación en universidades improvisadas por ellos? El resultado será un abandono mayor de sus puestos ante una población que reclama al médico o enfermera y no al controlador del Estado”, afirma.

La Venezuela de los últimos 20 años ha sucumbido a diversos tipos de crisis y la salud no escapa de eso. El sistema sanitario público ya carente de medicamentos, instalaciones, equipos técnicos y personal se enfrenta a la última frontera, el desdén por el bienestar de los demás, siendo la población de bajos recursos los más afectados.

Especial La Patilla

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