Santoral del día | Santo Domingo de Guzmán | 800Noticias
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Santo Domingo de Guzmán nació en Caleruega, pequeña localidad de la actual provincia de Burgos (España), perteneciente por entonces a la diócesis de Osma. Miembro de una familia de santos, su padre, don Félix de Guzmán, es reconocido en la Iglesia como Venerable. Su madre, Juana de Aza, es venerada como Beata. Su hermano Antonio es Venerable y su hermano Manés, que se unió a Domingo cuando éste fundó de la Orden de Predicadores, también fue beatificado.

El nacimiento de Domingo está envuelto en leyendas que explican la obra que realizó y que han sido plasmadas por los artistas en sus representaciones. Nos referimos al sueño que tuvo su madre antes de darle a luz: soñó que llevaba en su seno un cachorro que portaba en la boca una antorcha encendida y saliendo de su vientre parecía prender fuego a toda la tierra. De esta forma se representaba anticipadamente el nacimiento de un gran predicador que, con los ladridos de su doctrina sagrada, despertaría a las almas dormidas en el pecado, y con la antorcha de su encendida palabra, inflamaría vehementemente la caridad -a punto de languidecer- o el fuego que Jesús vino a traer a la tierra. Una vez nacido, también su madrina tuvo una visión en la que le pareció que el niño tenía una estrella muy resplandeciente en la frente, e iluminaba con su luz toda la tierra.

Desde niño sus padres le dieron una buena formación religiosa, enviándole a estudiar a Gumiel de Izán con un hermano de la beata Juana, que era arcipreste. Más tarde, para ampliar su formación, le enviaron al Estudio General de Palencia. Allí estudió artes liberales y a continuación se entregó durante cuatro años al estudió teología. El estudio directo de la Palabra de Dios produjo en él tal impresión que “comenzó a quedarse pasmado en contacto con la Sagrada Escritura”.

De este período hay una anécdota que deja traslucir al vivo el espíritu de Domingo. Se cuenta que mientras estudiaba en Palencia se desencadenó en casi toda España una gran hambre. Entonces Domingo, “conmovido por la indigencia de los pobres y ardiendo en compasión hacia ellos, resolvió con un solo acto, obedecer los consejos del Señor, y reparar en cuanto podía la miseria de los pobres que morían de hambre” (p. 86-87). Con este fin vendió los libros que tenía, aunque los necesitaba, y todo su ajuar y distribuyó el dinero a los pobres, diciendo: “No quiero estudiar sobre pieles muertas, y que los hombres mueran de hambre”. Son palabras que aún hoy nos conmueven. Fray Esteban de España comenta este hecho diciendo que siguiendo su ejemplo, algunas autoridades destacadas hicieron lo mismo, y comenzaron a predicar desde entonces con él.

Su fama llegó a oídos del obispo de Osma, Martín de Bazán, quien le llamó e hizo canónigo regular de su iglesia. Pronto fue nombrado sacristán del Cabildo catedralicio, que entonces era un puesto importante, y más tarde subprior. Ya entonces pasaba los días y las noches en la iglesia dedicado a la oración.

Hacia el año 1206 Diego decidió fundar un monasterio para albergar a mujeres nobles de familias católicas que, por motivos de pobreza, eran entregadas por sus padres a los herejes, para que las educaran y se ocuparan de su manutención. Para ello adquirió en Prulla, cerca de Fanjeaux, la iglesia de Nuestra Señora, que se encontraba en mal estado y no se había seguido usando. En torno a ella se construyó el monasterio. Este lugar sirvió también de base al grupo de predicadores. De ahí partían para evangelizar a las gentes y ahí regresaban para descansar.

Durante este período Diego, que era el líder del grupo, hizo varios viajes a su diócesis para traer predicadores y libros que les ayudase a preparase para la tarea de la evangelización. Cuando volvió a España a comienzos de 1207, dejó como vicario a Domingo. Diego murió ese mismo mientras estaba en España. Al conocerse la noticia la mayoría de los misioneros se volvieron a sus casas. Domingo se quedó prácticamente sólo en la brecha.

Durante los diez años de apostolado en el sur de Francia, Domingo fue reuniendo poco a poco a su alrededor un grupo de misioneros entre los que no existía ningún vínculo jurídico; estaban unidos a él libremente y podían marcharse cuando quisieran. Domingo iba experimentando un impulso cada vez más fuerte hacia la predicación. Llevaba muy metido en su corazón el deseo de la salvación de todos. Y para ponerlo en práctica arriesgó su vida, pues su actividad molestaba a los herejes.

Hacia 1215 sus ideas se fueron perfilando y su proyecto de fundar una Orden de predicadores aparecía en su mente con mayor claridad. En estos momentos compartió su proyecto con dos de sus grandes amigos: Fulco, obispo de Toulouse, y el conde Simón de Montfort, quienes le apoyaron desde el primer momento.

Los padres del concilio, asustados por la multiplicación abusiva de reglas religiosas, decretaron que no se aprobase ninguna Orden nueva. Ese decreto iba directamente en contra del proyecto de fray Domingo. En esos días se sitúa la leyenda que cuenta el sueño del papa Inocencio III en el que vio como la basílica de Letrán estaba a punto de desplomarse y caer, pero un hombre la sostenía sobre sus espaldas; era fray Domingo.

Antes de morir Domingo tuvo tiempo de convocar dos Capítulos Generales (en 1220 y en 1221). Estando en Bolonia en el lecho de muerte, llamó a algunos frailes del convento que existía en esta ciudad con el fin de entregarles en herencia todo lo que poseía y les habló así: “Esto es, hermanos queridos, lo que os dejo en posesión, como corresponde a hijos con derecho de herencia: tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”. Además de otras confidencias les dijo que les sería más útil cuando muriera -mediante su intercesión- de lo que lo había sido en vida.

 El viernes 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor, rodeado de sus hijos, entregó su último suspiro. Su buen amigo, el cardenal Hugolino, que se encontraba por aquellos días en Bolonia, presidió personalmente el oficio de sepultura en presencia de muchas personas que estaban convencidas de la santidad de vida del “Padre de los Predicadores”. Fue también el cardenal Hugolino quien, más tarde, siendo papa le canonizó (1234). Pronto se despertó la devoción en la gente sencilla que acudía a orar ante su tumba o a depositar exvotos en acción de gracias por las curaciones de las que se había beneficiado mediante su intercesión.