Val Kilmer: «Rezar ha sido mi tratamiento contra el cáncer» - 800Noticias
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Cuando estudió en Juilliard, la prestigiosa escuela de arte de Estados Unidos, Val Kilmer odiaba repetir unos ejercicios para que su voz sonara como una trompeta. Cuatro décadas después, sin embargo, puede hablar gracias a aquella técnica vocal. Sometido a una traqueotomía en 2015 por un cáncer de garganta, el actor que dio vida a Jim Morrison se echa la mano al cuello para hablar. Aprieta un botón y el aire escapa por un orificio en la tráquea para producir un sonido entre un chirrido y un rugido con el cual consigue hacerse entender. «¡Echo de menos mi voz! –asegura–. También mi risa, ahora me río como un pirata».

A sus 62 años, ha perdido la voz, pero no las ganas de contar. Alejado de las grandes producciones de Hollywood desde hace tiempo, el actor californiano ha aprovechado estos años para producir Val, un emotivo y personalísimo documental, elaborado a partir de los vídeos caseros que Kilmer ha realizado durante toda su vida, y escribir I’m your Huckleberry: A Memoir (en jerga vaquera, algo así como: ‘Soy el hombre que buscas’), un libro de memorias –I’m Your Huckleberry: A Memoir (en jerga vaquera, algo así como: Soy el hombre que buscas’)– convertido en un best seller en Estados Unidos durante la pandemia. En parte, gracias a sendas entrevistas concedidas, pese a sus dificultades, a Good Morning America, popular matinal de la cadena ABC, y a The New York Times.

Artefactos complementarios, ambos son una puerta abierta de par en par a la vida, padecimientos y alegrías de este icono del cine de los años 80 y 90. Desde su infancia y la muerte del menor de sus hermanos, pasando por momentos icónicos de su carrera, hasta llegar al personal viacrucis que vivió en la batalla contra «lo que otras personas llaman ‘cáncer’». Matiz este inspirado en las enseñanzas de su gran obsesión: la escritora norteamericana Mary Baker Eddy, fundadora de la centenaria Iglesia de la Ciencia Cristiana y que, según sus adeptos, es capaz de curar enfermedades.

La vida de Kilmer ha estado siempre ligada a esta secta nacida en Boston en 1879 cuya membresía heredó de sus padres. Estudió, incluso, en una escuela de la organización hasta la Secundaria –fue al mismo instituto que Kevin Spacey, donde comenzó a dar rienda suelta a su pasión por las artes escénicas–, y aún hoy rige su vida.

Su viacrucis con la enfermedad comenzó en 2014, cuando recorría Estados Unidos con su monólogo Citizen Twain, al que había dedicado 20 años. La pieza en cuestión era la culminación de un sueño: combinar sobre un escenario sus dos pasiones, la señora Eddy y Mark Twain, a pesar de que el escritor publicara en 1907 Christian Science, libro donde calificó el credo de Eddy de fraude y estafa. La obra era muy personal y todo un riesgo creativo, pero las críticas y el público favorecían a Kilmer. Estaba feliz.

Antes de la gira, sin embargo, ya se había despertado rodeado de sangre en su casa de Malibú. Nada que detuviera sus planes. Hasta que una noche en Nashville sintió un repentino nudo en la garganta, tragar le costaba un mundo. El diagnóstico fue claro, aunque a ojos de Kilmer nunca fuera cáncer. Más bien, una expresión física de sus problemas y miedos.

Repasemos: con la crisis económica de 2008 perdió la mayor parte de su rancho de 25 kilómetros cuadrados en Nuevo México, estado donde amagó con postularse a gobernador en 2010; parecía, además, incapaz de remontar una carrera en decadencia, había maltratado a mucha gente en rodajes a lo largo de su vida, infinidad de amantes… De repente, lo vio claro. Necesitaba alejarse y reubicar su interior. La cura no vendría de la medicina. Su asesor espiritual lo ayudaría a rezar para que su cuerpo dejara de «manifestar algo que se puede diagnosticar como una enfermedad».

Por suerte para él, sus hijos nunca siguieron sus pasos hacia el cristianismo científico. Mercedes y Jack Kilmer, de 30 y 26 años, fruto de su matrimonio con la actriz Joanne Whalley, sabían que si al cáncer no se le pone freno, te mata. Insistieron y lo convencieron. «Yo quería alejarme, pero su miedo era profundo y no quería estar sin ellos», explica el actor.

Se sometió a una cirugía, seguida de quimioterapia y radioterapia –«me destrozaron la garganta, sigue seca como un hueso»– y, desde entonces, su vida depende de dos tubos: la cánula en la garganta para respirar y una sonda directa al estómago con la que se alimenta a base de líquidos. Por eso, devora programas como Top Chef, mientras sueña con el día en que comerá de nuevo. «Cuando ocurra acabaré como Orson Welles», bromea.

Estos años han sido difíciles para él, con escasas ofertas de trabajo, la muerte de su madre en 2019 –lleva a todas partes un collar de turquesas y coral que heredó de ella– e infrecuentes apariciones públicas en las que se cubre el cuello con pañuelos.

Kilmer venció al cáncer, aunque lo consiguió, eso sí, gracias a Dios. Los médicos, dice, solo le causaron sufrimiento. «Rezar fue mi tratamiento», asegura. Es decir: pensar en qué hizo que el miedo se manifestara en su cuerpo. Solo así, prosigue, consiguió cruzar al otro lado, donde su vida es hoy lo que quería que fuera. «No podría estar en un lugar mejor para atraer buenos papeles», dice.

Trabajar es ahora su obsesión. En los últimos años, ha actuado en cuatro películas, incluida Maverick, secuela de Top Gun, la cinta que en 1986 le abrió las puertas de Hollywood tras haber rechazado papeles en Blue Velvet, de David Lynch, o en Rebeldes de Francis Ford Coppola.

Esta vez, su personaje, Iceman, es amigo de Maverick, el de Tom Cruise. Y en sus memorias confiesa que como nadie lo llamaba para la secuela decidió hacerlo él. «No solo contacté con Tom y los productores, sino que he creado escenas desgarradoras con Iceman. Fue genial».

 

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